Caniche, un camarada.


Hay cosas difíciles de entender. El destino y sus caprichos por ejemplo. Hay quienes le adjudican un halo divino a estas cosas que son superiores a uno en la vida, pero yo no entiendo de esas cosas...como dice un cantautor cubano, allá Dios si será divino, uno solo ve el camino.

Caniche fue un compañero de ruta, de senda. Nos conocimos como otros chicos medio llegados y medio escapados de las delicias de la Junta y su dictadura en la Argentina de los '70, en colegios internados, el kibutz y el ejército. De a poco los caminos fueron decantando y cada uno hizo su vida, levanto su familia, se desplomo, la rehízo, pasando oficios y domicilios, recibiendo hijos. Pero si el grupo se deshizo en individuos, por alguna curiosa causa tres seguimos juntos de soldados reservistas, en la misma unidad. Esas cosas embriagantes y estúpidas como tomar vino de mi bota bajo las estrellas junto a un campo minado, o cantar a gritos en medio del barro y bajo una tormenta de granizo, o levantarse al unísono a la orden de ataque, vomitando balas y sin saber si en unos instantes aun seguiremos así, hombro con hombro. En largas e invernales marchas nocturnas, con unos grados bajo cero, a la orden de hacer un alto en la marcha de pronto correr a tirarnos unos sobre otros, sudorosos, apestosos y embarrados, en una masa mas animal que humana, buscando el calor de los cuerpos ajenos, como las cabras o las ovejas. Mirar tiritando los resplandores del amanecer suplicando al sol que se apure, que salga ya. Sí, hay situaciones extremas de ser soldado que hermanan a los miembros de esa cofradía, y van mas allá de lo imaginable, de lo que muchas películas muestran y libros describen. No es solo esos instantes espesos de un antes o después de ''algo'', con el aliento de la muerte en las nucas, con la mente y el miedo barajando escenarios (como será vivir ciego, paralitico, quemado, castrado, y un largo etcétera de múltiples combinaciones), sino en cosas más cercanas y triviales. Hacer una guardia de 15 minutos cuando hay 3 horas para dormir, y ver a todos esos hermanos de armas destrozados de cansancio, dispersos entre piedras y rocas bajo el viento nocturno, imaginar sus esposas e hijos...tantos destinos en mano de uno!!! Eso no es responsabilidad, eso es la camaradería, esa que no aparece en Hollywood, pero que un ciego y rata de biblioteca como Borges dijo que por esas cosas el oficio de las armas era uno de los más nobles.

Paso el tiempo y quedamos Caniche y yo. Curioso. Ni él ni yo crecimos en ideologías patrióticas, ni él ni yo dábamos un centavo por nuestros políticos y dirigentes, y allí estábamos, en campos de refugiados, en colinas peladas con un aire que era respirar brasas, o en marchas nocturnas, interminables en medio de la negrura, siempre cargados con metal y correas, siempre allí como una extraña familia. Como una cofradía secreta, como un grupo de locos. Ni él ni yo éramos personas abiertas, extrovertidas ni de hablar demasiado en primera persona, pero las circunstancias nos llevaron techos con vista a Beirut, a puestos camineros en una ruta hacia Jordania, a emboscadas nocturnas y otras misiones donde ''nos tiraban con unas latas'' por 3 días, y luego nos pasaban a buscar, a fortines del otro lado de la frontera, en espera de subir a un avión para luego saltar de él, con kilos encima y panza arriba como las tortugas que no pueden darse vuelta por si solas. Mucho tiempo, muy lejos de todo y de todos, muy juntos y muy solos también. Aparte, en la oscuridad es más fácil confesarse, abrir intimidades. Eso que no le ven la cara y la expresión a uno, permite abrir las cosas más jodidas, personales y secretas que existan. Lo que la Inquisición no puede arrancar, una larga guardia compartida frente a francotiradores lo puede. Así se templo nuestra relación, nuestra extraña hermandad, esa de combatientes, de enterrar amigos y seguir adelante, de fumar un cigarro o tomar una cerveza mientras caen morteros alrededor, porque, ¿quién sabe?

 Al encontrarnos cada tanto, mas pelados y barrigones, el placer del encuentro y de tantos secretos y situaciones comunes, de tantos milagros compartidos en esa ruta común.

Y un buen día, un mal teléfono, un viernes de cruzar el país al sur, un encuentro en el hospital. El último abrazo, la ultima charla. El viernes próximo ya en coma, y el final del camino aquí. El domingo lo enterramos en el kibutz, y ese miércoles se cumplieron 30 años de que entráramos en esa maldita guerra del Líbano, la primera. Desde entonces tantas veces finteamos y seguimos, esquivando la desgracia y recibiendo la vida de regalo una y otra vez. Por eso, no es simple de digerir, de entender. A 30 años de la guerra y a 30 días de enterrarte, no es claro que hay atrás de todo esto, viejo. Ya hablamos de tu nobleza y sé que querrías que cambiáramos de tema, y lo hago. Solo recordar y sacudir el polvo de viejos momentos de miseria y de gloria. Un poco de vino tinto y un mordisco de ajo crudo, como en las noches aquellas, en tu memoria. Me disculpo por ventilar un poco el pasado, como los viejos, pero es que nadie sabe casi de esas circunstancias, intimidades, temores y momentos que hermanan a los humanos más que cualquier otra circunstancia o actividad. Espero tener un día el coraje y la fuerza para rememorar y contar la saga de esas noches y sus días, uno por uno. Un privilegio haber compartido lo compartido, mi viejo camarada.